¿Copias inofensivas o retratos del sufrimiento? La inquietante belleza de Pompeya

La fidelidad con la que estas copias reproducen las posturas de las víctimas revive el debate sobre los límites del respeto

Héctor Farrés

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Hay piezas arqueológicas que no fueron pensadas para exponerse en museos, pero ahí están, congeladas en el momento exacto en que terminó todo. Algunas ocupan su sitio con el peso de una tragedia detenida en el tiempo, con la forma exacta de quienes murieron sin entender del todo qué les estaba ocurriendo.

No hay sangre, no hay restos biológicos, pero sí una violencia congelada en gesto y postura. Como apunta la investigadora Georgia Pike-Rowney, ese tipo de exposiciones obliga a preguntarse no solo qué se muestra, sino cómo se muestra.

Y cuando aparecen en exposiciones junto a animaciones y efectos sonoros, la línea entre homenaje y espectáculo empieza a desdibujarse.

Réplicas cuidadas, decisiones discutidas

El National Museum of Australia, que ha recreado las calles de Pompeya en la exhibición Pompeii: Inside a Lost City, lo ha hecho con detalles cuidados, pero también con decisiones discutidas. Entre los muros que imitan la arquitectura de la ciudad sepultada por el Vesubio, hay un conjunto de copias en resina de los moldes originales del siglo XIX.

Uno de ellos, medio visible tras una barrera baja, muestra a un adulto cubriéndose el rostro con las manos. Para ver al resto hay que acercarse. Entre ellos están los cuerpos de dos hombres abrazados, un niño de tres años y un perro.

No hay huesos ni restos humanos en esas figuras, pero sí algo que sigue removiendo al que las observa: el gesto detenido justo antes del final.

Las copias se han elaborado con base en los vaciados en yeso realizados por arqueólogos que aprovecharon los huecos dejados por los cuerpos en la ceniza endurecida. Las originales, ahora conservadas, conservan huellas biológicas. Las de la exposición, en cambio, no. Pese a ello, conservan con precisión la expresión de las víctimas, y eso plantea un debate que no depende solo del contenido, sino del modo en que se muestra.

La decisión de presentarlas en un espacio abierto y visible contrasta con lo que el mismo museo hizo en una exposición anterior dedicada a Egipto, donde las momias se colocaron en una sala apartada a la que se accedía solo de forma voluntaria. Esa separación física ofrecía, como reconocieron sus responsables, una oportunidad de “reflexión tranquila”.

El contraste fue evidente para algunos entendidos. El crítico John McDonald consideró “excesiva” la separación para las momias egipcias, y Christopher Allen cuestionó que se celebrase una ceremonia de bienvenida en territorio australiano organizada por custodios tradicionales: “Una momia egipcia no consideraría que eso tiene sentido o es apropiado”, escribió. Aunque su comentario abre otro frente, la pregunta más inmediata sigue siendo la misma: ¿habría aceptado esa persona ser parte de una muestra museística?

La ética no es la misma cuando cambia el contexto

No es un debate nuevo. En muchos países se están devolviendo restos humanos tomados en contextos coloniales, a menudo de forma violenta. En Alemania, por ejemplo, el Staatliche Museen zu Berlin devolvió en 2023 ocho moldes de yeso de personas maoríes.

Uno de ellos provenía de una máscara facial hecha por Otto Finsch, naturalista y etnólogo alemán que durante el siglo XIX recopiló 164 moldes de personas, muchas veces sin su consentimiento. Varios de esos moldes fueron obtenidos en Australia y las circunstancias de su recolección siguen siendo poco claras.

En ese sentido, no se puede aplicar el mismo marco ético a los moldes pompeyanos. El contexto es radicalmente distinto. Italia ha colaborado con el museo australiano para mostrar estas copias, que no proceden de una tradición colonial ni tienen vínculos con comunidades vivas que las reclamen. Sin embargo, su carga emocional y visual no desaparece por tratarse de réplicas. El impacto no depende tanto del material como del modo en que se exhiben.

El museo australiano ha advertido de la presencia de los moldes y del volumen del sonido que acompaña la recreación de la erupción, aunque una parte de la muestra puede verse de forma parcial sin entrar expresamente en ese espacio. La combinación de figuras humanas en pleno gesto de muerte con efectos visuales y auditivos abre una cuestión legítima: ¿hasta qué punto se permite al visitante decidir cómo, cuándo y si quiere enfrentarse a esa imagen?

No hay una fórmula universal. Algunas instituciones, como el Smithsonian, han optado por retirar por completo los restos humanos de sus vitrinas. Otras están desarrollando proyectos para elaborar guías culturales que ayuden a tomar decisiones con más criterio. En Sídney, el equipo de la doctora Melanie Pitkin ha trabajado en un protocolo específico para restos egipcios, tras consultar a comunidades locales y descendientes. Como resultado, han retirado partes de cuerpos expuestos sin envoltorios.

Las copias de Pompeya no son restos humanos, pero muestran con precisión el instante exacto de la muerte. En esa tensión entre lo que se ve y lo que representa, sigue latiendo una pregunta sin solución simple. No se trata solo de mostrar, sino de cómo se muestra. Y en ese cómo, queda todavía mucho por pensar.

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